—Tanto así —respondió Pilar, y esbozó una sonrisa apenas perceptible—. No me gustan los lobos con toga.
Llamó a su secretaria, Claudia, una joven inquieta con melena azul y talento para encontrar agujeros en los registros públicos.
Pilar aceptó la cesta y respondió con su habitual tono seco, pero con una ligera temblor en la voz: abogada pilar pavón
Días después, doña Carmen llegó al despacho con una cesta de bizcochos caseros y lágrimas en los ojos.
—No solo es desalojo —murmuró para sí, repasando los correos intervenidos—. Es fraude procesal, falsedad documental y, si apuramos, estafa. —Tanto así —respondió Pilar, y esbozó una sonrisa
La batalla legal duró seis meses. Pilar presentó un recurso de nulidad del testamento basado en vicio de consentimiento (la viuda había firmado sin saber que cedía el terreno) y aportó pruebas de la comunicación irregular entre el notario y el heredero. En la vista oral, desmontó al notario en menos de diez minutos:
No era una abogada cualquiera. A sus cuarenta y dos años, Pilar era conocida en los tribunales de Granada como la navaja : cortaba la hipocresía con una precisión fría y certera. Vestía trajes sastre impecables, pero sus armas eran los plazos vencidos, las cláusulas olvidadas y los silencios culpables. Pilar aceptó la cesta y respondió con su
Cerró la puerta y, a solas, colgó la toga en el percheiro. Miró la foto de su abuela, que también había sido abogada en tiempos donde las mujeres apenas podían testificar.